Los ladrones de la niñez dejan pintados sus puños en las caritas recién llegadas a la vida de sus propios hijos; los ladrones de la niñez toman el pincel de la tristeza y con gritos embarran sus colores en cada pliegue del alma de los que aún no conocen el arco iris hermoso que tienen derecho de gozar; los ladrones de la niñez sofocan el gozo de dormir en las noches de aquellos que esperan confiadamente compañía sin amenaza y abrazos sin  abuso.  Los ladrones de la niñez apagan con palabras filosas el bombillo de las estrellas que viven en los ojos de sus pequeños y nunca más encenderán.

Los ladrones de la niñez sepultan prematuramente al hombre y la mujer felices que aman plenamente sin temor a ser traicionados. Los ladrones de la niñez viven bajo el mismo techo, en matrimonios que funcionan, en sociedades que los encubren, en negocios millonarios, en el corazón destrozado de los que no tienen voz y esconden sus dudas debajo de sus párpados cansados de vivir en tan poco tiempo con tanto dolor. Los ladrones de la niñez merecen castigo,  ser apartados,  ser denunciados; no merecen tu silencio, ni tu lástima;  deben pagar por el delito de matar en vida al niño que hoy llora y al adulto que hará llorar a otros.

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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